LAVAPIÉS SIEMPRE VIVO
Sara Coriat
Nada mas salir de la estación de metro de Lavapiés, en la plaza del mismo nombre,
nos encontramos con un hombre de rasgos asiáticos que nos entrega una propaganda
de un restaurante indio. Sentados en uno de los bancos de la plaza vemos a un grupo de
ancianos, vecinos de éste barrio de toda la vida que, disfrutando de algunos rayos de sol,
dejan pasar el tiempo, y parecen quejarse de sus achaques y otros problemas de su vida
cotidiana. En la acera de enfrente, en la esquina donde está situada una farmacia, tres
jóvenes marroquíes de veintitantos años charlan entre ellos manteniendo una actitud
que a cualquiera le haría sospechar que algo están tramando. De otro lado de la plaza, a
la entrada del Centro de Arte Dramático Valle-Inclán, dos negros, venidos de la África
subsahariana, se saludan en un idioma ininteligible. Ésta es la imagen de un día como
otro cualquiera en este céntrico barrio de Madrid.
Situado en pleno centro de la capital, Lavapiés es un barrio de contrastes. Entre lo
tradicional y lo moderno, entre lo castizo y lo exótico. Con una población de carácter
multiétnico, se ha convertido en un lugar mítico, una manera de vivir, un estilo. Aunque
la zona no existe oficialmente como barrio, pertenece a la Junta de Centro y tiene una
personalidad inconfundible construida y aceptada por el imaginario colectivo de toda
una ciudad y, posiblemente, de todo un país.
Lavapiés se ha transformado en los últimos años de forma acelerada. De un barrio
castizo donde las ancianas sacaban sus sillas a pie de calle para charlar con las amigas,
hasta convertirse en un barrio multicultural, un barrio ejemplo de lo diferente, donde
más de un tercio de su población es inmigrante, convirtiéndose en una referencia de la
integración de culturas con una gran mezcla de nacionalidades. Los comercios chinos
abren sus puertas junto a los Döner Kebab y teterías egipcias, mientras las fruterías
propiedad de paquistaníes cargan y descargan continuamente manteniendo las tiendas
abiertas hasta las tantas de la noche.
Las numerosas tiendas de gastronomía exótica, que han sustituido al comercio
tradicional, llenan sus calles y plaza de olores y sabores. En estas tiendas venden
productos importados de sus países de origen. Podemos comprar desde el cus-cus y
especias marroquíes en una tienda árabe hasta los noodles y brotes de soja o bambú
en una de especialidades chinas. Estas tiendas dirigidas inicialmente a los propios
inmigrantes va aumentando día a día su clientela española.
Mucha gente desconoce que Lavapiés en sus orígenes era la judería de la ciudad hasta
la llegada de los Reyes Católicos, que en 1492 expulsaron a todos los judíos de España.
Los judíos y más tarde los conversos ocuparon este barrio. La actual iglesia de San
Lorenzo, unida a la plaza de Lavapiés por la calle la Fé, antigua calle de la Sinagoga,
ocupa el solar que antaño ocupaba el templo judío.
A finales de los ochenta Lavapiés era un barrio habitado exclusivamente por gente
mayor, que vivía en casas viejas y de pequeñas dimensiones construidas alrededor de
un patio, que conocemos por corralas. Alguna de estas casas ya presentaba un estado
deficiente, casi ruinoso. Muchas de estas personas eran inmigrantes que venían de zonas
rurales de España, y esa es la gente a la que hoy en día se la considera “de toda la vida”
del barrio.
Una década mas tarde, y debido a la cantidad de edificios vacíos y en malas
condiciones, comenzaron a llegar jóvenes sin recursos denominados global de Red de
Lavapiés – organización en la que confluían discursos y prácticas okupas, feministas, de
liberación lesbiana y gay, anti-bélicas, pro-vivienda, pro-República, etc. que se reunían
en casas okupadas y que en este barrio han tenido que librar muchas luchas por crear y
mantener espacios sociales y culturales autogestionados que puedan dar libre expresión
a la multiplicidad de ideas e identidades que existe en el barrio. Sin embargo, este
fenómeno hoy en día prácticamente ha desaparecido.
Fue más tarde, a finales de los años noventa cuando la población inmigrante fue
creciendo exponencialmente en España y muchos de los inmigrantes empezaron a
llegar de forma masiva a Lavapiés. Juntos conviven habitantes de ochenta y ocho
nacionalidades distintas y se dice que en el barrio vive al menos un ciudadano de cada
parte del mundo. La nacionalidad más numerosa de inmigrantes es la de los marroquíes,
seguidos muy de cerca por ecuatorianos, colombianos, chinos y bengalíes. Este barrio
es la demostración práctica de que la convivencia entre diferentes culturas es viable.
Aunque no siempre está exenta de algunos roces o tensiones entre ellos.
Un ejemplo de esta convivencia y mezcla de culturas la podemos encontrar en las
celebraciones de fiestas de las diferentes comunidades que habitan en el barrio. Así, por
ejemplo, desde hace varios años la Asociación de Vecinos de Lavapiés y la asociación
de Comerciantes Chinos de Madrid celebran el Año Nuevo Chino en las calles de
Lavapiés y en la Plaza de Cabestreros. Se pueden ver bailes de dragones, leones,
exhibiciones de danza y artes marciales. Todos los vecinos y el resto de madrileños
están invitados. Es una fiesta muy interesante y la mezcla de chinos, castizos, árabes y
africanos la convierte en algo insólito que no se ve en ninguna otra parte de Madrid.
Otro ejemplo es la tradicional celebración del Ramadán. Cuando llegan estos días los
restaurantes árabes del barrio se preparan para el final del ayuno que llegará con la
puesta de sol. Los dueños de los restaurantes esperan ese momento para que comience
a entrar gente. Tienen preparados sobre la barra platitos llenos de dátiles y pastelillos
que aguardan a los comensales. El Ramadán se celebra en familia pero a estos
restaurantes suelen ir solteros y gente que no tiene familia en España. “Hacer Ramadán
en España es más difícil, pero lo hacemos porque queremos. Es una tradición y no la
queremos romper. Además, es muy sano” cuenta Amas, de 24 años. El olor a especias y
hierbabuena lo inunda todo. Tras la comilona, muchos de ellos irán a la mezquita a rezar
como manda la tradición.
Todo esto es una prueba de su carácter multicultural pero ya hemos comentado que a
pesar de esta aparente convivencia no faltan los conflictos. Los vecinos del Lavapiés de
toda la vida se sienten “invadidos”. “Este era un barrio que en realidad era un pueblo.
La gente sacaba las sillas a la calle para sentarse al atardecer. Ahora eso es imposible”,
explica Javier Alonso, vecino de la calle Valencia. Es lo que notan los vecinos “de toda
la vida” que insisten en que el barrio “está muy mal”.
Basura, suciedad e inseguridad son los principales problemas que preocupan a su
población. El hecho de que muchos drogadictos y gente sin recursos se hayan trasladado
al barrio ha contribuido a esa falta de higiene. Por la calle muchas veces tenemos que ir
esquivando basura desperdigada, ropa sucia tirada, frutas en estado de putrefacción o los
excrementos de los perros.
Recientemente un grupo de vecinos, con un gran sentido del humor, pero con una
intención de denuncia muy clara, ha creado la asociación COL (Comité Olímpico de
Lavapiés). Su principal objetivo era denunciar ante las autoridades, de una forma lúdica,
los problemas que se producen en Lavapiés. Existía la sensación de estar siempre
quejándose sobre los mismos temas y no recibir respuestas ni ver cambios. Se trata de
las Olimpiadas de Lavapiés. Entre las diferentes modalidades “deportivas” creadas para
la competición podemos encontramos tiro al árbol, levantamiento de bolsos, esgrima
urbano o destrozo olímpico. Cualquier persona podía acceder a la página Web de la
asociación para participar en las votaciones y así decidir la modalidad-problema que
predomina en el barrio. Las medallas de oro, plata y bronce fueron finalmente para
meada estilo libre en primer lugar, trapicheo con relevos en segundo puesto y el tercer
lugar ha sido para 100 metros cacas y levantamiento de bolsos. “Está claro que la falta
de limpieza y de seguridad son las dos cuestiones que mas preocupan a los vecinos”
señala Andrés Clemente, uno de los organizadores de la iniciativa.
Por otra parte, poco a poco, y gracias a las diferentes organizaciones que apuestan
por la remodelación y renovación del barrio, Lavapiés se está convirtiendo en una fuerte
apuesta cultural. Existe una gran actividad cultural. Desde las salas de teatro alternativo
hasta galerías de arte y salas de espectáculos varios. Su localización tan céntrica, situada
solamente a unos pasos (y una estación de metro) de la Puerta del Sol, acoge además a
restaurantes, tiendas y bares donde se hablan idiomas exóticos y tan diferentes entre sí
como el chino, el árabe o el indio.
El barrio está plagado de centros culturales, galerías de arte, salas de conciertos y
actividades de todo tipo. En plena Plaza de Lavapiés nos topamos de frente con el
Teatro Valle-Inclán perteneciente al Centro Dramático Nacional, instalado en el solar
que antiguamente ocupaba el Teatro Olimpia. Allí se representan obras contemporáneas
que atraen a un público muy variopinto de todas las zonas de Madrid que de esta forma
tiene una excusa para un primer contacto con el barrio.
Subiendo por la calle Olivar se encuentra el Centro Cultural Lavapiés, un centro
municipal donde proponen actividades de todo tipo especialmente para los más
pequeños. Algo más arriba está la Filmoteca Nacional donde proyectan películas de cine
antiguas y de calidad. En el otro extremo, en la frontera con Embajadores y Atocha se
encuentra La Casa Encendida, un centro cultural alternativo para los jóvenes donde se
realizan diferentes actividades culturales como teatro, fotografía, cine, clases de español
para extranjeros, talleres de lectura, actividades ecológicas a favor del planeta, etc. En
sus salas ha habido exposiciones de artistas tan sonados como Andy Warhol o acerca de
la vida de Rimbaud. En la misma calle está el recién inaugurado Teatro Circo Price.
No nos olvidamos del Centro de Arte Reina Sofía, que enlaza con la zona de los museos
del Paseo del Prado de tanto interés cultural y artístico y que tanto atractivo despierta
entre los visitantes extranjeros a Madrid (Caixa Forum, Museo del Prado y Museo
Thyssen-Bornemisza.).
Todo ello contribuye a que en el barrio habite cierta población de carácter bohemio.
Artistas, escritores y otra gente de la cultura. No es raro cruzarte por las calles con el
escritor e hispanista de origen irlandés Ian Gibson, la actriz y directora de cine Itziar
Bollaín o el bailarín de fama internacional Joaquín Cortés. Joaquín Sabina también tiene
su casa en Lavapiés, en la zona limítrofe con Tirso de Molina.
El Ayuntamiento de Madrid ha establecido un programa de rehabilitación, en su
intento por renovar el espacio urbano, que se adentra en lo más profundo de ese corazón
decrépito, para intentar devolver al barrio su antigua gloria castiza, modernizando las
infraestructuras pero conservando las antiguas fachadas.
La rehabilitación ha conseguido que por ejemplo, las antiguas ruinas de las Escuelas
Pías, en la sufrida Plaza de Agustín Lara, se conviertan en una moderna biblioteca de la
UNED, recuperando una imagen clásica y con aires modernos y de funcionalidad. Por
otro lado, añaden al espacio urbano sus centros artístico-culturales con un contenido y
una estética muy progre y renovadora.
Lavapiés es un barrio para comer bien. La calle Lavapiés esta plagada de
restaurantes indios, uno detrás de otro en los que te ofrecen comida muy rica a precios
bastante asequibles. Es en la calle Ave María donde están los restaurantes y bares
marroquíes y egipcios como Babilonia donde puedes tumbarte en uno de sus cómodos
sofás a fumar la tradicional chicha. La calle Argumosa es donde se encuentran bares
de tapas, con terrazas en la calle en verano. Ofrecen comida tradicional española pero
sin olvidarse de ese toque exótico en la comida que caracteriza el barrio. Uno de los
bares más emblemáticos y conocidos de la calle es La Buga del Lobo que mezcla la
gastronomía imaginativa con una variada oferta cultural de fotografía o pintura.
Lavapiés es, en definitiva un barrio vivo, diferente. Es un barrio donde los contrastes
lo han convertido en lo que es hoy en día. Un barrio multicolor y castizo. Con olores
y sabores de todo el mundo. No podemos llegar a conocer Madrid si no hemos pisado
nunca el barrio de Lavapiés. Un barrio en constante transformación y evolución hacia
un futuro en cierta forma todavía incierto pero en movimiento. Es un barrio que se
construye día a día. Es obligado un paseo por sus estrechas y empinadas calles llenas
de gente y vida, de historia y sentimientos y pararnos a tomar unas cañas o un té con
hierbabuena en cualquiera de sus bares.
¿LOS NUEVOS SANTOS?
Nacho Palomo

Fiestas universitarias, patrones de facultades, santos de las carreras. ¿Qué universitario no
ha escuchado o leído sobre la celebración de San Cemento, San Canuto o San Teleco? Incluso
es posible que personas no relacionadas con el ámbito estudiantil también hayan oído sobre
estas ‘festividades’ que por nombre podrían pertenecer al santoral, pero que si los buscamos en
ellos no encontraremos ninguna referencia.
Algunas de estas celebraciones tienen pocos años, pero otra como San Teleco ha superado la
mayoría de edad con creces. Se celebra desde hace más de treinta años y lo llevan a cabo los
estudiantes de tercer curso de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Telecomunicaciones
(ETSIT) de la Universidad Politécnica de Madrid. El motivo es conseguir dinero para ‘el viaje
de ecuador’, un clásico en todas las carreras. Estos estudiantes organizan toda una fiesta con
camisetas conmemorativas, además de comprar y posteriormente vender, toda la bebida y comida
que se pueden adquirir en el recinto habilitado para la fiesta.
Las semanas anteriores todas las marquesinas de autobús y paredes de las univerisadades se
empapelan con carteles que anuncian el día de la celebración y como llegar hasta la Escuela de
Ingenieros.
Pero esta fiesta, que se celebra todos los años la primera semana de diciembre salvo que el mal
tiempo lo impida incluye en la actualidad muchas más actividades, incluso han creado todo un
programa con horarios, a imitación de cualquier fiesta de ciudad con conciertos, competiciones
deportivas, pregón o el momento más esperado por los futuros ingenieros, que no es ni más ni
menos que la procesión de el santo, todo un acontecimiento. El santo no es que cumpla con lo
que conocemos de las procesiones de la Semana Santa, su estética es mucho más sencilla y por
que no decirlo cutre, y es que hasta los mismos creadores lo dicen: “yo veo como nos queda el
santo y me ‘parto’ a reír” comenta uno de los estudiantes.
Otro de los momentos clásicos y de los que más orgullosos se sienten estos estudiantes es la
canción que dedican al santo durante su procesión y que comienza así:
Cuenta el libro de Simón
que subido a una antena
vivía un santo varón
con una larga melena,
calvo, miope y barrigudo.
El ermitaño desnudo
cumplía su penitencia,
con el rostro enjuto y seco
por devorar tanta ciencia.
Lo llamaban San Teleco...
San Teleco durante la procesión.
San Teleco es de las pocas que cuenta con las licencias
necesarias para la celebración
Toda esta organización no se hace de la noche a la mañana, la asociación de alumnos de la ETSIT
debe lidiar con la escuela y el ayuntamiento para adquirir todos los permisos que consiguen
que toda la estructura de las fiestas funcione correctamente, desde montaje de escenarios,
seguridad, baños públicos, así como permiso para que la gente pueda beber tranquilamente en el
aparcamiento de la escuela y lugares cercanos (no olvidemos que en Madrid beber en la calle está
prohibido).
Hablamos con Daniel Visa García, alumno de tercer curso de ETSIC y organizador del último
evento. “El problema de obtener las licencias es que nos hacemos responsables de cualquier
desperfecto” Algo de que pueden dar fe en esta última edición donde el sistema de riego fue
destrozado por la gente que acudió y que tuvieron que pagar los alumnos y organizadores de San
Teleco, obteniendo un beneficio menor para los gastos del ‘viaje de ecuador’, el objetivo final.
Cada año la organización conlleva más dificultades debido a su creciente popularidad, aunque ya
hemos dicho que se lleva celebrando durante más de tres décadas.
Otra fiesta universitaria correspondiente a una carrera se celebra en Abril, en el Campus de la
Universidad Complutense de Madrid (UCM). Se trata de la fiesta de San Cemento, perteneciente
a la Escuela de Arquitectura Técnica y que en los últimos años ha adquirido un protagonismo que
ha desbordado todo lo imaginable. Este año se celebró el jueves 30 de abril, y acudieron millares
de jóvenes, aunque nada tuvo que ver con lo acontecido en la anterior edición.
En esta última edición desde primera hora de la mañana las fuerzas policiales hicieron acto de
presencia en los alrededores de la Escuela, aunque fue testimonial. Los jóvenes se acercaban
repletos de bolsas con alcohol intentando acceder al aparcamiento de la Escuela. En un primer
momento la entrada estaba sólo permitida a alumnos de dicha facultad, pero las opciones eran
varias, desde acceder por entradas secundarias y sin vigilancia o asentarse en los alrededores,
pasando por saltar las vallas o romper alguna de estas, provocando la estampida de jóvenes ante
la pasividad de las seguridad y las fuerzas policiales.
Irónicamente el complejo deportivo de la UCM se encuentra enfrente de la Escuela de
Arquitectura Técnica, dende centenares de estudiantes y personas de diversas edades acuden cada
día a practicar ejercicio. Deporte y salud frente a miles de litros de alcohol.
El acceso al recinto estaba prohibido para todo aquel joven que pretendía acceder, muchos de los
jóvenes iban a practicar deporte, pero el acceso estaba prohibido incluso para los coches, fuera
quién fuera el conductor, joven o adulto. “La culpa es por lo que tienes ahí enfrente. Quéjate
a ellos” decía una persona perteneciente a la seguridad del recinto deportivo. Los auténticos
jóvenes que pretendían de verdad hacer deporte lo tenían muy fácil, dirigirse a alguna entrada
que se encontrara alejada, allí como pudieron comprobar no existía restricción para el acceso, de
hecho, no existía personal encargado de controlarlo.
San Cemento: La Avenida Juan Herrera ocupada por los jóvenes el año anterior (foto de la izquierda).
Las misma fiesta este año (foto de la derecha).
Pero nada tuvo que ver con la celebración del año pasado. Por las mismas fechas, la fiesta de San
Cemento superó con creces cualquier previsión de asistencia.
Desde primera hora se pudo ver a grupos de jóvenes que bajaban la calle repletos de bolsas
en dirección al aparcamiento de la Escuela. Existió la misma complicación, el acceso. Pero
esta ‘complicación’ inesperada para los jóvenes no provocó que no celebrasen la fiesta,
decidieron acomodarse en las cercanías del recinto, al principio en el césped y el aparcamiento
que existe justamente al lado. Todo aquel que llegaba se dirigía ahí, ya fuera por desconocimiento
o por seguir a la masa. En pocos minutos aquel lugar estaba abarrotado de gente, vasos grandes,
botellas de alcohol y refrescos y música, que provenía del aparcamiento de la escuela pero que se
oía en todos los alrededores.
Las horas pasaban pero la llegada continua de estudiantes no cesaba, el sitio elegido para
acomodarse se quedo pequeño, tanto que los grupos se iban colocando en la acera, luego en
la acera de enfrente y ya por último en medio de la carretera, cortando el tráfico para que así
pudieran todos disfrutar de ese día ‘festivo’. Todos menos los conductores que no entendían que
sucedía y por qué las fuerzas policiales no hacían nada para impedir la invasión de los jóvenes en
la vía de circulación.
La calle donde se sitúa la escuela no es una calle secundaria, se trata de la Avenida de Juan
Herrera. En ella podemos encontrar el Museo del Traje, el Consejo Superior de Deportes y el
complejo deportivo de la UCM, donde por ejemplo disputa la selección española de rugby sus
partidos oficiales.
Pero además esta avenida facilita la incorporación a la A-6 o la M-30.
Para salir de allí hacía falta emplear más de una hora. Incluso las motos, donde los motoristas
son expertos en sortear coches parados y evitar las famosas retenciones de la capital tenían que
avanzar por la acera debido al colapso provocado.
Si cambiamos de universidad encontramos también
fiestas como es el caso de la Universidad Autónoma de
Madrid, donde destaca por encima de cualquiera la fiesta
de San Canuto, una más que polémica fiesta debido a que
se rinde homenaje a las drogas blandas y una reivindicación
hacia la legalización del cannabis. No está autorizada por la
Universidad, por lo que se ha convertido desde hace años
en un dolor de cabeza para la Autónoma por los altercados
que se producen en ocasiones.
Resulta que San Canuto era un monarca danés que reinó
entre 1080 y 1086 y que murió asesinado ante el altar
mayor de la iglesia de San Albano. Fue considerado un
mártir y el Papa autorizó su culto en 1100, aunque parece
que sólo despierta el fervor de los fumadores de hachís y
otras hierbas. Esta fiesta no está relacionada con ninguna
escuela o facultad de la Autónoma, simplemente empezó
como una broma de un grupo que revindicaba el consumo
de estas drogas, pero que en los últimos años ha aumentado
su participación de jóvenes de manera exponencial. Esta
‘fiesta reivindicativa’ se suele celebrar a finales Enero, justo antes del periodo de exámenes de
Febrero a los que se enfrentan los estudiantes.
Pero no todo el colectivo estudiantil está de acuerdo con esta fiesta, muchos opinan de la misma
manera, “la mayoría de la gente no es de la Universidad, y los de aquí a veces preferimos irnos a
casa antes que ver cómo se ensucia el campus y se llenan los baños de la facultad de vomitonas,
mientras nuestra Universidad parece impotente ante chavales que no tienen ni 18 años y que a las
10 de la mañana ya fuman y beben”.
Este comentario revela una verdad patente, y es que muchos de los jóvenes que acuden a estas
fiestas no cursan sus estudios aún en la Universidad, por lo que es de suponer que ese día no
asistan a clase de sus respectivos institutos.
Igual que hemos nombrado estas tres fiestas existen muchas más pero no tan populares, de
momento. Donde centenares o miles de jóvenes se reúnen.
Pero no todo es tan bonito, en muchos casos la policía debe actuar debido a los altercados que
provocan algún grupo de jóvenes minoritario, que se encargan de destrozar el mobiliario o
pegarse con otros jóvenes.
Los que siempre tienen que actuar son los servicios de limpieza, debido a la gran cantidad de
basura que se genera y posteriormente no se recoge. Si en eso los jóvenes también tuviesen tanta
iniciativa como en hacer fiestas…
PASEN Y VEAN, EL PERIODISMO HA MUERTO
Alex Pinacho
Poder, amor y riqueza son temibles enemigos de nuestra cordura y razón, son responsables de cegar e impedirnos ver más allá de nuestra ambición y deseos. Los nudos que fijan sus velos a nuestros ojos son resistentes, nuestra habilidad para librarnos de sus ataduras dependen trágicamente de nuestros fracasos y golpes de los que no sabemos reaccionar, como le ocurre al protagonista de la película que nos ocupa: Charles Tatum. Él se basta y se sobra para dirigir un circo en el que el único espectáculo es ser testigo del más morboso sufrimiento humano; Tatum decide cuándo y cómo se baja el telón de una noticia que ha permanecido en portada demasiado tiempo.

El Gran Carnaval (Ace in the hole, 1951) es una corrosiva crítica a la prensa amarilla y sensacionalista que perfectamente podría referirse a medios contemporáneos. Billy Wilder, director del film, presenta desde el inicio a un personaje corrompido por la codicia y el éxito, un periodista sin escrúpulos que no duda en reconocer que es un buen embustero y que si fuera necesario mordería a un perro para provocar una noticia. Interpretado magistralmente por Kirk Douglas, Charles Tatum llega a la redacción de un pequeño periódico de Albuquerque, el Sun Bulletin, en el que su seña de identidad es el periodismo veraz y objetivo. Rápidamente se enfrentan los objetivos y esquemas de dos puntos de vista enemistados: sensacionalismo y profesionalidad. Así queda recogido en la película con elementos tan relevantes como el cuadro de la redacción en el que se lee Tell the truth (Di la verdad) y del que Tatum reniega e incluso afirma posteriormente que le estorba. El punto de vista íntegro y profesional queda representado por el jefe de la redacción, Jacob Boot, quien es ridiculizado repetidamente por Tatum durante la película al burlarse de su vestimenta o su anticuado punto de vista del periodismo.
Las publicaciones y metodologías que se llevan a cabo en el Sun Bulletin acaban por avivar la ambición de Tatum, que junto con un joven periodista del diario acuden a cubrir una noticia que quedará en el olvido después de llegar a una zona desértica en la que se enteran de que un desprendimiento en el interior de una cueva, ha dejado atrapado a Leo Minosa, un hombre que buscaba tesoros en el interior de la misma. La codicia y obsesión por el reconocimiento profesional llevan a Tatum a prolongar el sufrimiento de Leo con el fin de aumentar el prestigio de su noticia y su figura. Para lograr sus objetivos no duda en tentar y seducir a todos con los que se cruzan en su camino y en el que encuentra a una aliada. Lorraine Minosa, esposa de Leo, representa lo más bajo del ser humano; es un espíritu corrompido por el dinero y frustrado por la situación de la que desea huir a toda costa. Lorraine rápidamente muerde la manzana del pecado y es la primera en unirse a la barraca de feria que pretende construir Tatum en





